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El Padre de la Telefonía, Antonio Meucci, nació en San Frediano, cerca de Florencia, en abril de 1808.Él estudió diseño e ingeniería mecánica en la Academia de Bellas artes de Florencia y luego trabajó en el Teatro della Pérgola y en otros teatros como técnico de escenario hasta 1835, cuando aceptó un trabajo como diseñador escénico y técnico de escenario en el Teatro Tacon en La Habana, Cuba.

Absolutamente fascinado por la investigación científica de cualquier tipo, Antonio Meucci leía cada tracto científico que llegara a sus manos, y gastó todo su tiempo libre en La Habana investigando, inventando un nuevo método de galvanizar metales que aplicó a equipo militar del gobierno cubano; al mismo tiempo, continuó su trabajo en el teatro y siguió sus interminables experimentos.

Uno de éstos dieron origen una serie de eventos fatales. Meucci había desarrollado un método para utilizar choques eléctricos para tratar una enfermedad que se había vuelto bastante popular en La Habana. Un día, mientras se estaba preparando para administrar el tratamiento a un amigo, Meucci oyó una exclamación del amigo que estaba en el cuarto siguiente sobre la pieza de alambre de cobre que iba entre ellos. El inventor comprendió inmediatamente que tenía en su mano algo mucho más importante que cualquier otro descubrimiento que hubiera hecho alguna vez, y se pasó los siguientes diez años en estudiando el principio para llevarlo a una fase práctica. Los siguientes diez años serían utilizados para perfeccionar el dispositivo original e intentando promover su comercialización.

Con esta meta, dejó Cuba para irse a Nueva York en 1850, estableciéndose en la sección Clifton de la Isla Staten, a unas millas de la Ciudad de Nueva York. Aquí, además de sus problemas de naturaleza estrictamente financiera, Meucci descubrió que no podía comunicarse en inglés, habiendo confiado en las similitudes entre el italiano y el español durante su residencia cubana. Además, en la Isla Staten, se encontró rodeado por los refugiados políticos italianos; Giuseppe Garibaldi, exiliado de Italia, viviendo su período de residencia de Estados Unidos en la casa de Meucci. El científico intentó ayudar a sus amigos italianos divisando cualquier tipo de proyectos industriales utilizando métodos nuevos o mejorados de manufactura para productos tan diversos como cerveza, velas, pianos y papel. Pero no sabía nada de administración o dirección, e incluso las iniciativas que tuvieron éxito estaban destinadas a perder sus ganancias por los gerentes ineptos o poco escrupulosos o por los mismos refugiados, quienes gastaban más tiempo en discusión política que cuando estaban activos en el puesto.

Teléfono de Meucci / Museo G. Meucci

Entretanto, Meucci continuó dedicando tiempo a perfeccionar el teléfono. En 1855, cuando su esposa quedó paralizada parcialmente, Meucci construyó un sistema telefónico que unía varios cuartos de su casa con su taller en otro edificio cercano, la primera instalación en su tipo. En 1860, cuando el instrumento se había vuelto práctico, Meucci organizó una demostración para atraer apoyo financiero en la que la voz de un cantante se oyó claramente por los espectadores que se encontraban a una distancia considerable. Una descripción del aparato se publicó en uno de los periódicos italianos de Nueva York y el informe junto con el modelo de la invención se llevó a Italia por un tal Signor Bendelari con el objeto de se produjera allí; nada se logró de este viaje, ni de las muchas promesas de apoyo financiero que habían llegado después de la demostración.

Los años siguientes llegaron creciendo la pobreza a un Meucci amargado y descorazonado, quién no obstante continuó produciendo una serie de invenciones. Su situación financiera precari, sin embargo, lo reprimió a menudo vender derechos de sus invenciones, y aún con esto no alcanzaba a recabar los medios para tramitar la patente final del teléfono.

Un evento dramático en el que Meucci se quemó severamente fue durante la explosión del buque de vapor Westfield regresando de Nueva York, llebando las cosas a un estado más trágico. Mientras Meucci estaba en el hospital, milagrosamente vivo después del desastre, su esposa vendió muchos de sus modelos funcionales (incluso el prototipo del teléfono) y otros materiales a distribuidor de segunda mano por seis dólares. Cuando Meucci intentó recuperar estos objetos preciados, le dijeron que habían sido revendidos a un hombre "joven" desconocido cuya identidad sigue siendo un misterio hasta el momento.

Devastado, pero no vencido, Meucci trabajó noche y día para reconstruir su invención y producir nuevos planos y especificaciones, claramente sabido que alguien pudía robar el dispositivo y patentarlo antes que él. Incapaz de reunir la suma para una patente definitiva (US$250, un monto considerable por esos días), él utilizó el recurso de advertencia o aviso de intento que fue registrado el 28 de diciembre de 1871 y renovó en 1872 y 1873 pero, fatalmente, no después de esto.

Inmediatamente después de que recibió la certificación del aviso, Meucci intentó demostrar el enorme potencial del dispositivo nuevamente, entregando un modelo y detalles técnicos al vicepresidente de uno de los afiliados de la recién establecida Compañía Telegráfica Unión Occidental (Western Union), pidiendo permiso de demostrar su "Telégrafo Parlante" en los cables del Sistema de la Unión Occidental. Sin embargo, cada ocasión que Meucci contactó a este vicepresidente, Edward B. Grant, era notificado que no había habido tiempo para preparar la prueba. Dos años pasaron antes de que Meucci exigiera el regreso de sus materiales, sólo para ser dicho que ellos habían sido perdidos. Era el año de 1874.

En 1876, Alejandro Graham Bell documentó una patente que realmente no describe el teléfono pero se refiere a él como tal. Cuando Meucci supo de esto, instruyó a su abogado protestar en la Oficina de Patentes de EE.UU. en Washington, algo que nunca se había hecho. Sin embargo, un amigo contactó a Washington, sólo para conocer que todos los documentos referentes al "Telégrafo Parlante" presentados por Meucci se habían perdido. Una investigación posterior reveló evidencia de relaciones ilegales que se unen a ciertos empleados de la Oficina Patentes con oficiales de la compañía de Bell. Y después, en el curso de litigación entre la Bell y la Unión Occidental, se reveló que Bell había estado de acuerdo en pagar a la Unión Occidental el 20 por ciento de las ganancias generadas por la comercialización de su "invención" por un período de 17 años. Millones de dólares estaban involucrados, pero el precio fue más barato que haber revelado los hechos que habían sido escondidos, desde el punto de vista de Bell.

En el caso de la corte de 1886, aunque los abogados de Bell intentaron anular la demanda de Meucci contra su cliente, él pudo explicar cada detalle de su invención tan claramente que dejó muy poca duda de su veracidad, aunque no ganó el caso contra las superiores - e inmensamente más ricas - fuerzas presentadas por Bell. A pesar de una declaración pública del entonces Ministro de Relaciones Exteriores de que "existe prueba suficiente para dar la prioridad a Meucci en la invención del teléfono", y a pesar del hecho que los Estados Unidos comenzaron la prosecución por fraude contra la patente de Bell, el juicio se pospuso de año en año hasta la muerte de Meucci en 1896, cuando el caso fue dejado.

El 14 de febrero de 1876 Alexander Graham Bell solicitó en Estados Unidos una patente para un teléfono electromagnético. Aquel mismo día otro inventor, Elisha Gray, hizo una presentación similar, pero el aparato de Bell demostró ser el mejor y se convirtió en un éxito. Ambos, sin embargo, habían culminado un largo proceso en la historia humana que, paradójicamente, tendría un desarrollo vertiginoso a partir de entonces. Si consideramos que la función de la telefonía es hacer audible el sonido, ante todo la palabra hablada, a largas distancias, deberemos recordar como uno de los pioneros a Robert Hook, quien ya en 1667 describía cómo un hilo muy tenso podía transmitir sonido por distancias bastante largas. Los intentos fueron muchos, mas sería el progreso del electromagnetismo durante el siglo XIX el que asentaría las bases para el uso práctico de la telefonía. A principios de 1800, investigadores de muchos paises estudiaban los fenómenos eléctricos y magnéticos. El danés Hans Christian Órsted descubrió el 21 dejuliode 1820 que una comente eléctrica podía influir sobre una aguja magnética y, en una carta, dio a conocer su sensacional descubrimiento a los científicos y académicos de todo el mundo: existía una relación entre la corriente eléctrica y la potencia. Había nacido el electromagnetismo, que los inventores intentaron utilizar rápidamente para emitir mensajes por largas distancias construyendo diferentes aparatos telegráficos. A finales de la década de 1830 se había logrado un nivel técnico aceptable para el nuevo sistema de telecomunicación, que se llamó genéricamente Telégrafo Morse en homenaje a quien creó en 1838 el alfabeto telegráfico: el norteamericano Samuel P.B. Morse. Las compañías ferroviarias aprovecharon el invento para mejorar su tráfico y los diarios de la época contribuyeron a construir una red telegráfica internacional. La primera central telefónica del mundo se puso en servicio durante 1878 en New Haven, Estados Unidos; comprendía un cuadro conmutador y 21 abonados. Un eslabón complementado en 1892, cuando Almon B. Strowger construyó el primer cuadro conmutador telefónico automático. Este empresario de pompas fúnebres que vivía en Kansas City quería evitar, a través de su invento, que la telefonista de la ciudad y esposa de su principal competidor se "equivocara" al conectar las llamadas de sus clientes. Más o menos por la misma época, el "progreso" llegó a la Argentina. En la calurosa mañana del martes 4 de enero de 1881, el técnico francés Víctor Anden llamó a la puerta de una gran cásona ubicada sobre la calle Florida, entre Tucumán y Viamonte. Su dueño, el doctor Bernardo de Irigoyen, ministro de Relaciones Exteriores, estaba por salir para la Casa de Gobierno, pero antes de bacerlo vería colocado el primer teléfono del país. El mismo día se instalaron también otros teléfonos en las residencias del presidente de la Nación, general Roca; del presidente de la Municipalidad de Buenos Aires, Marcelo Torcuato de Alvear; del Ministro de Óueria y Marina, general Benjamín Victorica, y en instituciones como la Sociedad Rural, el Club del Progreso y el Jockey Club hasta totalizar el número de veinte. Puede calcularse que hacia fines de 1881 ya pasaban de doscientos los abonados telefónicos de Buerós Aires, y en 1883 ya se hablan instalado en la ciudad varias oficinas telefónicas en distintos barrios.

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